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miércoles, 20 de mayo de 2020

Horizontes



Wherynn  y yo hemos escogido una canción y una palabra: la banda sonora de Il postino y la palabra "horizontes". Y hemos propuesto a conocidos nuestros crear algo con lo que sea que le sugiera esta pareja de elementos. Una reflexión, un poema, una historia, una pintura, otra canción... cualquier cosa. Unicamente por el gusto de hacerlo y por la curiosidad de comprobar qué han hecho otras personas sobre la misma base.

Lanzamos esto hace unas tres semanas y aquí os dejo lo que recibimos hasta ahora. Sé que hay personas que han empezado algo, que puede que llegue a terminarse o puede que no. Si llegan cosas nuevas, editaré esta entrada con ellas. Esto es también una invitación abierta a cualquiera que lea este texto y le apetezca subirse al carro =)  Incluiré en la entrada cualquier contenido nuevo, llegue cuando llegue.

A continuación os dejo la canción mencionada. Puesto que todos la hemos utilizado, os aconsejo que estéis escuchándola mientras leéis las distintas piezas =)


Índice de autores

  1.     Wherynn
  2.     Pilar Álvarez
  3.     Jesus Burgos Lobo
  4.     Aida Asgaya
  5.     Paloma Fernández
  6.     Julia Irene González
  7.     Licaón
  8.     Gadía
  9.     David Sánchez
  10.     Irene Martín
  11.     Sansa

Wherynn

Conoce más sobre Wherynn en su blog  Towards the Truth

— Horizons —

Un lienzo en blanco en una villa frente al mar. El pintor coge su paleta y todo comienza a fluir. Los primeros colores convierten el monocromatismo blanco en el inicio de una obra de arte. El sonido de las gaviotas, los barcos que arriban a puerto y la risa de los niños que juegan en la plaza es la banda sonora de aquel día, tan pintoresco como el anterior. Es verano, la brisa marina humedece el cuadro que va cobrando vida bajo los ágiles dedos del artista. La mirada perdida en el horizonte, plasmando cuanto sus ojos ven. Las tonalidades turquesa y aguamarina conforman un mar en calma. La espuma de las olas llega hasta la cala, rodeada de rocas grisáceas que reflejan el sol. Cubriendo parcialmente el espectacular océano que refleja el cielo despejado aparecen unas flores rosas, carmesí, blancas, azules, púrpura y amarillas que poco a poco convierten la parte más cercana del cuadro en una terraza. Un tiesto, una bicicleta cuya cesta está repleta de flores y un bizcocho completan la escena. Una merienda estival. El artista sonríe mientras su esposa le tiende una taza de té y se abrazan contemplando el horizonte mientras cae la noche despejada y estrellada.

Pilar Álvarez

— (Sin título) — 

Era una nube negra, negra oscura. No como la sombra del ciprés atormentado por un viento gélido de Luna. Era negra, negra pura. Era un devenir de proyectos inconclusos, de barreras cerradas, de tristezas, de dudas. De golpes fuertes y coágulos oscuros bajo la piel desnuda. Era la suma de los negros, negra oscura. Era un vacío lleno de añoranzas, de ausencias palpables. Era una soledad obtusa.



Jesús Burgos Lobo


—  Años hemos navegado —

Años hemos navegado,
tantos mares, tantos puertos,
otrora tan inexpertos,
solo un boli y un papel.

Rimas, versos, indagamos,
otras pieles, mismos sueños,
de horizontes fuimos dueños,
como torre de Babel.

Y los días que han pasado,
iluminan nuestras velas,
los poemas, centinelas
que hacen guardia en el bajel.

¡Y que crujan las cuadernas
por los años navegados!
Siempre fuimos bien guiados,
corazón: el timonel.

Y los días que quemamos...
¡Que hagan mutis por el foro!
Y yo jamás me demoro
en batalla dar cuartel.

Y que crujan ya las plumas,
que me hacen sentir vivo,
de soñar nunca me privo,
son mis presas oropel.

Años hemos navegado…

¡Años hemos navegado
con clamor que ruge al viento!
Feliz soy, feliz me siento,
mi pasión nunca he negado.

Escribimos a las musas,
y cañones respondieron,
libertad siempre nos dieron,
nunca pusimos escusas.

¿Horizontes a la vista?
De horizontes he llegado,
no me voy de ningún lado
sin antes pasar revista.

Años hemos navegado…
Mares, puertos, otros mares…

Años hemos navegado… casi… casi una vida,
y cuando el mar pida tributo,
cuando el mar lo suyo pida…
poemas, versos a raudales,
anécdotas de unos sabios,
que sin saber muy bien a dónde,
siempre,
siempre navegaban al horizonte.



Aida Asgaya

— Horizonte —

Me invade un sentimiento extraño, siempre el mismo sentimiento, siempre en el mismo momento, siempre en la fila del andén para subir al bus que se dirige hacia mi destino.

Estoy quieta, no quiero romper ni el aire con mis movimientos, siempre lo rompo.

Miro a mis acompañantes anónimos, una madre con su hija encabezan la fila. La niña está leyendo un cuento, uno de esos cuentos que todos nos sabemos y aún así seguimos leyendo, mi boca se retuerce en una mueca de disconformidad. Nunca me han gustado las historias donde el final esperado desde el inicio resulta el verdadero.  ¿Por qué? Me gusta el caos, el caos y la libertad, cuando leo y escribo otro final quiero rendir tributo a la inseguridad… Es como estar al borde de un acantilado y vivir los segundos antes de despeñarse, mucho mejor que el vivir feliz para siempre.

Tengo la sensación de que la madre estaría de acuerdo conmigo. Seguramente ella nunca fue (ni será) egoísta, eso es conducta de hombres, ella cuida de su hija, ella empuña un escudo de madera para enfrentarse a llamas de fuego de varios infiernos de varias décadas y de varios lugares, lo más duro de todo está por llegar… Ella debe enfrentarse al final del cuento que lee su hija y que ella conoce de memoria. Mientras tanto, esperan en la fila.

Los siguientes son un grupo de jóvenes amigos, hablan todos a la vez así que solo ellos se entienden. Una casa, un trabajo, un coche y si da tiempo amistad,  según crecemos creo que nos equivocamos enormemente a la hora de priorizar. El hogar son personas, ellos aún no saben que irán de la casa al trabajo sin conocer la tienda de la esquina del barrio, donde trabajará su amigo de antaño. Mientras tanto, esperan en la fila.

El autobús se prepara parece que llega la hora, tendría que ir corriendo en vez de en autobús, mejor, corriendo y saltando que se disparase la adrenalina por mis venas, no parar la carrera, correr hasta el final. ¿Final? ¿Qué final? Si allí no había final.

Viví tan intensamente esa fantasía, que el conductor me tuvo que llamar la atención tres veces preguntándome si era mi autobús y si me ayudaba con la maleta, mis acompañantes anónimos ya habían subido. Quizás sí que se me había disparado la adrenalina porque hice algo que las otras veces no había hecho, respondí sí.

Subí  sin saber que subía. A veces nos olvidamos de pensar y de sentir todo lo que hay a nuestro alrededor, a veces... El sol me ciega, el motor suena, sonrío, parece un nuevo horizonte porque lo que no os he dicho es que no conozco la parada de destino.



Paloma Fernández

— (Sin título) —

Una pareja baila. La música sigue sonando. Ella le mira y se sabe bella. Él se siente capaz de saltar, o no. En la escuela, en el libro de tapas duras no explicaban el lenguaje de los ojos. El niño pícaro los mira. La madre finge escuchar, pero solo oye los susurros que su hija le oculta. La espera fingiendo escuchar. El reloj corre y con su velocidad angustia a la hija y alivia a la madre. La gente habla por no callar. Ríen, bailan, beben. Es agosto. La noche es cálida. El pueblo vacío y silencioso observa la romería. No lo saben. Los habitantes del baile no lo saben. No saben qué es el horizonte. Nunca han escrito esa palabra. No saben que lleva h. Nunca  han pensado en su z ni en quién compuso la música que les acompaña. No saben que un día, el horizonte será otro vacío y solo… pero ellos sí saben destilar un momento de felicidad. La música ha dejado de sonar.




Julia Irene González

— (Sin título) —

Era un día criador en el que se podía ver crecer la hierba. Bernardo se limpió las gotas de sudor que perlaban su frente cuando llegó al alto de la finca. El sol estaba picón y el bochorno y las nubes presagiaban una gran tormenta, pero las vacas, los xatos y el toro pacían tranquilos. Todo estaba en orden. Bernardo dejó caer la vara y se sentó entre sus animales, oteando el negro horizonte recortado entre los picos de las montañas. Una luz rojiza teñía levemente los bordes de las torres, que avanzaban lentas pero inexorables. Bernardo se levantó y recogió la vara para emprender el camino de vuelta a casa, no sin antes tomar una foto del espectáculo meteorologico para poder compartirlo con su familia. Abrió el chat para enviar la imagen y sonrió complacido al leer de nuevo los mensajes de esa mañana. Llevaba muchos días sin sentirse tan feliz.

"MAÑANA ARRANCAMOS PARA ALLÁ💃💃💪💪

Sonrió de oreja a oreja mientras enviaba la imagen con un apunte.

"COMO SE NOTA QUE VENÍS MAÑANA. YA VERÉIS COMO EL TIEMPO NO NOS DEJA TRABAJAR🤣🤣"

El primer estruendo le llegó muy lejano. Guardó el móvil y apuró el paso para que el agua no lo pillara. El horizonte no podía ser más negro y Bernardo no podía estar más feliz.


Licaón

— Permanece —


Se han detenido las fábricas
de nubes. Nunca los ojos
supieron tan lejos, ni hallaron
 tan parados
el saludo de algún verano.
Los veo esconderse entre párpados
y horizontes inmóviles,
ajenos a los dientes
de león, al aire
que los nombra y aconseja.
Aletean algunos colmados
de ingravidez ingénua
del otro lado de la puerta,
donde aguarda
 el aroma 
imborrable de lo bisoño.

Supongo que no ayudan los barcos
varados,
pero la mar permanece
— con su palabra insistente —
tan suya y al alcance
de nuestro tiempo.


Gadía

—  Horizontes —

Pueden hablar de horizonte
y yo vislumbrar ninguno,
porque horizonte es presente,
pero también es futuro.

Puede ser aquel paisaje
que se forma al fusionar
el final azul del cielo
y el transparente del mar.

O pueden ser esos planes
con que pretendes crear
el mañana que imaginas
y que quieres alcanzar.

Si me refiero al paisaje,
casi siempre estará ahí.
Si me refiero al futuro,
ese aún está por venir.

Y teniendo en cuenta esto,
me dispongo ya a explicar,
porque no veo futuro,
aún sin dejar de mirar.

Me mudé hace dos meses
a una nueva ciudad,
buscando playa, buen clima,
y un nuevo comenzar.

Dejé atrás mi provincia,
y la dejé sin dudar:
allí yo estaba estancada
y no lograba avanzar.

Me marché con ilusiones
como poder trabajar,
ponerme a prueba a mí misma
y terminar de estudiar.

Pero no contaba yo
(supongo nadie lo hacía),
con que el coronavirus
nos iba a cambiar la vida

Se cerraron mil y un tiendas,
nos confinaron en casa.
El comenzar sí que es nuevo,
aunque no lo que esperaba.

Mi edificio tiene un ático.
A veces subo a pensar.
Y desde allí veo El Teide,
veo el cielo y veo el mar.

Veo claro ese horizonte,
sin mucho esfuerzo al mirar;
entrecerrados los ojos,
sintiendo el viento soplar.

Que no pueda ver el otro,
significa que no está…
O que aún no está creado,
pero se podría crear.

Pues como dijo Machado:
se hace camino al andar.
Tal vez también, paso a paso,
vea ese horizonte asomar.


David Sanchez

— De murallas y princesas —  

Como cada mañana, como cada noche, me volví a sentar en mi rincón de pensar.

Pensar en disfrutar, muy a mi pesar, me produce malestar...”



     – Esto es horrible, no tiene sentido –Dijo Dahlia mientras arrancaba la hoja y la tiraba por encima de su hombro. Suspiró y volvió a levantar la vista.

Desde las murallas del castillo podía observar el sol asomarse por encima de las montañas y bañar poco a poco con su luz el gran valle, una luz que dotaba de vida a todos por igual, campesinos, guardias, animales e incluso los propios árboles.

Todo en las tierras altas parecía abrazar con entusiasmo un nuevo día.

     – Ojalá yo abrazara con esa facilidad la inspiración –Volvió a susurrar Dahlia para nadie en particular.

     – ¡Mi señora! –Gritó alguien desde abajo –No debería estar sentada ahí con los pies colgando, podría caerse.

Dahlia echó un vistazo al guardia que había abajo, el gran portón al patio estaba abierto y el habitual trasiego de carros ya estaba empezando.

     – No se preocupe Daven –la princesa sonrió mientras se inclinaba hacia delante y sujetaba su pelo rojizo para que no le tapara la cara- Una caída de ocho metros es tal vez lo más apasionante que podría pasarme, y con mi suerte, seguro que aterrizaría sobre uno de los carros llenos de forraje para los caballos.

Se encogió de hombros, le mostró una medio sonrisa al guardia y siguió escribiendo. Daven suspiró y volvió a hablar con los campesinos que entraban al patio del castillo.

Dahlia esgrimió durante largos minutos la pluma por encima del papel, amagando escribir las primeras letras de algo que aún no había nacido en su mente.

     – ¿Hoy tampoco, princesa? –Dijo Daven desde abajo.

     – Hoy tampoco, guardia –Contestó ella resoplando. El anciano guardia le sonrió.

     – Paciencia mi señora, la inspiración acabará llegando tarde o temprano. Hasta el peor de los poetas ha tenido un buen momento, y hasta el mejor de los panaderos ha quemado un bollo de pan.

Dalia levantó una ceja, apuntó algo en una nueva hoja y miró debajo de nuevo.

     – ¿Dónde has leído eso? Ha sonado bastante bien.

     – Me lo he inventado –Contestó él- O tal vez no –Añadió burlón.

     – He hablado contigo las suficientes veces para saber que esa es una obra tuya –La princesa hizo una pausa, observó su papel y finalmente preguntó- Dime Daven, ¿qué crees que inspira a un poeta, a un escritor, a un escultor, a crear una obra?

     – Esa es una pregunta demasiado compleja, princesa.

     – Tal vez sea una pregunta demasiado compleja con una respuesta demasiado simple, Daven –Dahlia señaló con la pluma al hombre- Pero en realidad los adultos adoráis hacer respuestas complejas a preguntas simples.

El guardia soltó una carcajada.

     – ¿No cree que hay inspiración en todo? Desde el pastor que cuida de sus ovejas, a la poetisa que peina cada noche los cabellos de la luna con sus palabras. Todos comparten algo en común, y es algo tan simple como difícil de explicar.

Dahlia se quedó en silencio, añadió algo más a su hoja y miró a las montañas.

     – Desde que Enna se fue, subo aquí y contemplo lo mismo que ella contemplaba, escribo donde ella escribía. Sin embargo, lo que escribo sigue siendo un desastre.

     – ¿Usted cree que el pastor se inspira con la misma luna que la poetisa? –Dijo el anciano guardia mientras negaba con la cabeza – El pastor teme la noche, pues los lobos pueden llevarse a sus ovejas. Y la poetisa odia el día, pues el trasiego y el ruido la desconcentran. Enna vio algo ahí donde está, usted puede que no vea nada. Los caminos de otros no son nuestros caminos, y los amantes que siguen un mismo camino, es porque en algún momento se encontraron en un cruce –Se giró y señaló las grandes montañas- Yo veo un límite allí, otros ven una meta.

Volvió a mirar a la Dahlia.

     – ¿Qué ve usted en el horizonte, princesa? –Dijo antes de darse la vuelta y seguir con sus labores.

Dahlia pasó la mirada del guardia a las montañas y se quedó reflexionando durante un largo rato. Pasó la mirada por todo el valle observando a cada mujer, hombre, niño, animal, y detalle del gran paisaje. Luego volvió a mirar a las montañas.

     – No veo una princesa -Tras varios minutos, arrancó la hoja y empezó a escribir.



Tal vez el terreno nunca tuvo la culpa de hacerme resbalar, si no que fui yo la que se obligó a caminar.

Tal vez las palabras más simples son las respuestas a las preguntas más complejas.

Tal vez la aventura está en el lugar del que te alejas, y las grandes historias de otros solo sean un paraíso con rejas.

¿Por qué debo caminar con firmeza sobre un terreno que ha recorrido otro?

Si cada montaña puede ser un nuevo lugar desde el que ver la mañana,

Si un reproche es lo único que me separa de la mejor noche,

¿Y si el sol y la luna simplemente se persiguen como dos amantes locos que nunca han mirado atrás?

Puentes de madera sobre ríos de barro y piedra rugosa bajo terreno nevado.

Tal vez yo quiera caminar, caer y pavimentar mi propio día

Tal vez yo desee explorar, descubrir y malcriar mi propia noche”

Dahlia levantó los ojos, observó las montañas, después a Daven y finalmente su papel.

“Tal vez cada horizonte solo sea un nuevo lugar desde donde soñar, cada persona un lugar desde donde saltar.

Y cada paso en el camino, un momento para recordar


Irene Martín


Conoce la novela de Irene, 2053: Los secretos de la muerte quedan revelados

— Instante —

 Aquí llega el ahora
para el momento embellecer
y se convierte en pasado
oculto en atardecer.
Sus pisadas las seguimos
conservando en nuestro ser
y en el horizonte, el futuro
deseando resolver
las respuestas que el instante
no te puede aclarecer.
Esperaremos impacientes
nosotros al fin saber
lo que este nos depara
y desea esconder.



— (Sin título) —

Por un campo de trigo
yo respiro libertad,
el sabor de lo salvaje
Y el sentir del caminar.
El aullar de mis latidos
los llevo a este compás
del horizonte adormecido
con un bonito despertar.

Sansa


 — · —

Primero éramos un todo.
Creíamos que nada nos separaría.
Entonces llegó el calor.
Nos unió más estrechamente que nunca.
Pero,
empezamos a caer a un ritmo vertiginoso.
Podíamos ver el horizonte y
pensamos que nunca nos alcanzaría.
Nos equivocamos por segunda vez.
Llegamos al suelo con una explosión
que nos partió en mil pedazos.
Entonces llegó el calor.
Y empezamos a subir otra vez.
Pero en todo ese mar de gotas
no te pude volver a encontrar.

— El ciclo de la lluvia —


domingo, 3 de mayo de 2020

Deberías haberte llamado Paula



Siempre elegiste mantenerte efímera frente a la bella quietud inmortal. Siempre sonreíste el árbol que así te lo pidió. Siempre tuviste esa ruedecilla para modular el volumen de tus huellas, ligeras en un bosque de otoño, con eco entre la ausencia contagiosa. Siempre parecieron tus miradas mojadas. Como si quisieses que te abrazase con una toalla. Como si pudieses manar un estanque de peces y tuviésemos branquias. Siempre supiste despoblar cualquier plan de certezas, y rellenar los huecos de ingravidez recóndita, de oxígeno, de moras ácidas de dos colores, de juguetes de madera, de carne y hueso, de savia y silencio, de poesía y prosa. Siempre oliste a mar, hasta para mis narices cortas de miras. Siempre estuviste desnuda. Siempre supiste desvestirme.

Siempre te compuse todos mis acrósticos. Deberías haberte llamado Paula. Siempre te alejas como llegaste, galopando, con tu irrealidad impertinente.


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sábado, 25 de abril de 2020

Instrucciones



Paso 1: 
A UNA PIEDRA SUELTA


Voy a hacer un poema
a una piedra suelta.
Voy a hacer un poema
y va a representar
un grito en cada revuelta,
un alivio a cada dilema,
porque soy asín de listo,
y de guapo, y de artista,
y de jefe de esta pista,
y de vicio te hago un pisto.

Voy a hacer un poema,
porque hago cosas
de poeta,
porque tengo repleta
la bragueta de intenciones
líricas y honrosas,
porque se me caen los canciones
de un estético agujero
de los pantalones,
y manejo las redes sociales
para esparcer mis heces únicas
que no ahogo en pañales,
sino engalano en túnicas
y les preparo un taburete
de oro,
para que reinen misericordes
a las cacas del retrete
y a sus culos monocordes
a coro.

Voy a hacer un poema
a una piedra suelta
cuya forma y tacto me elude,
pues con mis manos repletas de arte,
ni agarrarla pude.


Paso 2:
LO QUE SIEMPRE QUISE

Pintiruelas de lánguidos colores
reperrintan cositas encarnadas.
¡Ay lambadas! ¿Ya osan las bandadas
de pinceles glutir los interiores?

Y por ende, sin remor faltan predores
sin rubores o rumor de campanadas,
ni empanadas, ni melifluas pimparradas
infestadas de güingues roedores.

¡Qué difícil, qué terso, qué milista!
¡Qué pamplinte de artista, vaya panda!
¡Ni camina ni anda el azorista!

Más no hay cando de flores si en Uganda
Micky Mocky persiste en su simplista
y alavista acopio de lavanda.

Paso 3:

Aquel prolijo lector capaz de abrirse paso entre estas complejas metádoras, le aconsejo encarecidamente regresar al paso 1.

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domingo, 30 de junio de 2019

Parada en Abraxas II



[...]

Ahora bien, ¿Qué hace un tan deprorable Jaime Messacotta en pleno mercado, inconsciente frente a unas truchas nada frescas, y a punto de someterse a la humillación de su vida? Lo cierto es que poco o nada tiene que ver con el torpe de sir Jaime. Aster y Jane, junto con Folkha, Gastón y Barb “Canijas”, conforman el núcleo duro de la tripulación de “El Rojo”. Cara al público, Aster es lo más parecido a un capitán, pero internamente el grupo funciona como una familia. Una auténtica jauría de canes callejeros: salvajes, feroces, hambrientos y leales entre sí. El resto de tripulantes de El Rojo acatan las órdenes de los cinco por igual.

Los caminos de Alisa y Aster, y por ende los de Alisa y El Rojo, habían comenzado a entrelazarse tiempo atrás. Antes de adquirir su barco, Aster ya era todo un buscavidas con solera. Durante algún tiempo consiguió ser empleado en la Corte del por entonces Rey Gregor, donde también vivía la por entonces Princesa Alisa. Aunque no estaba exento de otras tareas de forma ocasional, la función principal de Aster consistía en el mantenimiento de los jardines. “Jardines” era la palabra que gustaban de utilizar en Palacio para referirse a un vasta extensión que abarcaba diferentes parques de flores silvestres y árboles exóticos, claros, estanques, laberintos de setos contiguos al principal edificio del complejo e incluso un pequeño bosque para organizar partidas de caza privadas, donde se soltaban animales para tales ocasiones. El mantenimiento de tamaña extensión requería numerosa mano de obra.

La paga era mísera, pero el trabajo estable, seguro y llevadero. Para cualquier persona sin más aspiración que la de sobrevivir (es decir, para casi cualquier persona en el reino), aquella posición sería idílica. Pero a Aster todo aquello le importaba un bledo. No se había introducido en Palacio para cebar pececitos de un estanque por medio real a la semana, sino para tantear el terreno. Aster pretendía observar de cerca a los nobles, con sus idas y venidas, y cazar los chismes jugosos cerca de su fuente original, pues la versión que llega a las tabernas se encuentra a menudo demasiado desvirtuada. Todo ello en aras de recabar información para orquestar algún golpe notorio. Las acontecimientos, sin embargo, no transcurrieron como Aster los había planeado. Si no mucho mejor.

La princesa Alisa, que de aquella contaba con 17 veranos, era mucho más precoz, en muchos aspectos, de lo que la mayoría de la Corte suponía. Consciente del delicado estado de salud de su padre y de su posición como futura heredera, pues era la única descendiente viva del rey Gregor, había comenzado a mover – con éxito – ciertos hilos a su favor. Alisa tenía sus propias ideas y ambiciones, y cualquier parecido entre sus planes y los que Gregor y su Esposa Eseida tenían para ella era fruto de la casualidad. Más al contrario, Alisa había sido capaz de influir a sus padres en determinadas decisiones, siempre bajo una máscara de moderado entendimiento e inocencia de lo más inofensiva. Ejemplo de esto había sido el acuerdo de su futuro enlace con sir Jaime Messacotta. Gregor y Eseida consideraban otros candidatos antes que a sir Jaime, pero mediante certeros comentarios y movimientos indirectos, tales como la difusión de rumores, el resto de nombres de la lista habían ido cayendo uno tras otro.

Desde el punto de vista de Alisa, sir Jaime era lo suficientemente rico e influyente. No el más rico e influyente de entre los posibles, pero a su favor tenía que también era lo suficientemente idiota como para hacer de él un pandero. Al menos mientras se hiciese la loca con sus vicios, para lo cual estos deberían permanecer en moderado secreto. Sir Jaime incluso gozaba de aceptación entre el populacho debido a ciertos méritos bélicos. Alisa tenía claro que dichos méritos eran exagerados o completamente inventados, pero eso no era lo importante. Dicha fama podría resultar útil en según qué momentos.

Las intrigas de Alisa no se limitaban a fortalecer posiciones en enlaces o el resto de maquinaciones del aristócrata promedio. Era una autentica gestora, con una mente analítica y una capacidad para mentir muy fuera de lo común. A tan temprana edad y desde un discreto segundo plano, había conseguido tejer una red de contactos con personajes clave más allá de nombres y títulos nobiliarios. Capitanes y hombres respetados en las filas de la guardia. Mercaderes de Ábalos. Incluso algunos dueños de burdeles en la propia Bantía, previendo los devenires de su futuro matrimonio. En ocasiones era ella misma quien se encontraba con esas personalidades, aunque la mayoría de las veces delegaba en personas de su muy reducido circulo de confianza. Personas que tenían la lengua menos atada para según que conversaciones, y que además no tenían por qué hablar en su nombre, si no que podían adoptar un rol más gris y conspiranoico si la situación lo requería.

Los miembros del circulo de confianza no habían sido escogidos únicamente por una llana cuestión de confianza, ni mucho menos por su lealtad a la Corona. Alisa se ocupaba de mantener con cada uno de ellos una serie de suculentos intereses alineados, o al menos compatibles, con los suyos propios. Lo cierto es que Aster pensaba que si Alisa se hubiese criado en la calle hubiese sido una ratera de primerísima. Astuta e implacable. La propia Alisa tenía una idea muy similar sobre sus habilidades. Pero no se había criado en la calle. Y hay determinadas lecciones, grabadas a fuego hasta en los huesos de alguien como Aster, imposibles de adquirir desde una posición acomodada. La  idea que tenía de sí misma era la debilidad más notable de la ahora Reina Alisa. Y Aster, y por ende todos en El Rojo, lo sabían perfectamente.

De entre todas las precocidades de Alisa, su apetito sexual no era una excepción. A pesar de su discreción…

… continuará, probablemente.


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domingo, 2 de junio de 2019

Parada en Abraxas




–    Sólo espero que hoy se acuñe algún mote memorable. Me encantaría saber a nuestra amada reina prometida con sir Jaime "Polla Al Aire" – comentó Aster, mientras golpeaba el suelo con un bastón imaginario, como si anunciase la entrada de alguien en un salón de alto copete.

    Mejor sir Jaime "Media Polla". Que haya una mitad perdida podría explicar que se le haya quedado así – replicó Jane sin mirarle y luciendo una perversa sonrisa de lo más seductora –.  E incluso se parece a Messacotta.

–    ¡Touché!

Los motes, cuanto más sencillos y vulgares, mejor calan entre el populacho. Y también entre la alta alcurnia, por muchos pedos que se tiren. "Media Polla" sería sin duda un excelente candidato para perseguir a sir Jaime Messacotta hasta el fin de sus días. Aster se planteó vociferarlo en medio de la multitud cuando llegase el momento oportuno, a pesar del riesgo que eso podría entrañar.

El mercado del puerto de Abraxas estaba abarrotado ese día. El bullicio de tenderos y viandantes incluso impedía escuchar el romper de las olas contra el muro, apenas a unos metros de la plaza principal, núcleo de toda actividad. Los vendedores locales eran los que más alto bramaban las bondades de su mercancía, pero no los que recibían más atención. El mercado tenía una fama suficiente como para atraer a no pocos comerciantes de lugares remotos, especialmente navegantes. Algunos hacían escala de apenas unos días, mientras que otros atracaban por largo tiempo en la ciudad. De hecho, la mayor parte de operaciones en Abraxas no eran compras de lugareños, sino trueques de mercancía entre los propios marineros, que aprovechaban a llenar sus navíos de toda clase de víveres y alhajas antes de zarpar. Eso, al menos, si no contamos los hurtos como parte de las operaciones. En un lugar de tan alegre y variopinto caos, un puesto como el de Aster y Jane, con apenas una cesta de truchas y un informe saco alargado, pasaba del todo desapercibido. Las truchas ni siquiera estaban frescas. Se las habían comprado muy baratas horas antes a un pescador aronés, alegre de librarse de ellas.  El saco, ahora cerrado, contenía a sir Jaime Messacotta, prometido de la reina regente Alisa, desnudo, maniatado y sedado.

     –    Joder, me encantaría quedarme. Aún no tengo nada personal contra este imbécil, pero esta es una historia que querría contar yo, no que me contasen – se lamentó Jane con resignación.

     –   Te lo narraré con tanto detalle que creerás que soy tu propio recuerdo – respondió Aster con una indolente mueca de conformidad.

De acuerdo con el plan trazado, cuando el morador del saco comenzase a menearse, Aster debería ocultarse mientras Jane montaba su número para congregar a la plaza. Al menos hasta que el saco fuese demasiado vivaracho o la audiencia demasiado numerosa, lo que antes ocurriese. Llegado ese momento, Jane debería esfumarse y permitir un curso natural de los acontecimientos. No existían en Abraxas leyes específicas contra la suelta de nobles desnudos y drogados, pero parecía prudente no hallarse en el meollo de la cuestión cuando la gente atase cabos y llegase la guardia. Jane era la más ágil (y la de menor tamaño) de toda la tripulación, con lo que resultaba la más indicada para desvanecerse entre el tumulto. Además, llevaba una peluca y una camisola de más, para desprenderse de ambas en algún punto y mermar así las posibilidades de ser reconocida. Trucos de trilero aparte, quedarse en la zona, aún a cierta distancia, sería jugársela demasiado. La belleza salvaje e indómita de Jane no es sencilla de olvidar y podría ocurrir que alguien la reconociese, aún con sus vivaces ojos azules asomando bajo una cabellera distinta.

El caso de Aster era diferente. Él se encontraría fuera del foco de atención antes de que hubiese nada notable a lo que atender, y también contaba con su propio atrezo a base de camisa, barba postiza y un raído gorro de ala caída. Además, peligro a parte, Aster no se lo perdería por nada del mundo.

Ahora bien, ¿Qué hace un tan deplorable Jaime Messacotta en pleno mercado, inconsciente frente a unas truchas nada frescas, y a punto de someterse a la humillación de su vida? Lo cierto es que poco o nada tiene que ver con el torpe de sir Jaime. Aster y Jane…

…continuará, probablemente. 


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viernes, 18 de enero de 2019

En la niebla



No acierto a reconocer como nuestra la región de mis anhelos que orquestas y personificas. Te adivino propia en lo más profundo, cierto y oscuro de los pozos tan dispares en que nos hemos deslizado, pero ajena en el diálogo - exiguo pero repleto -  con el que eliges alcanzarme.

No deseo ni soy capaz de rechazarte cuando escoges que te acepte. Cultivas y sacias efímeramente una sed de la que soy perenne consciente. Me abandono, sin fisuras o pliegues, a exprimir cada segundo compartido, incluso obviando - inusualmente - la certeza de tu fugacidad irremediable. La añoranza no tiene cabida. Las preguntas vendrán más tarde. Las preguntas vendrán ahora. ¿Dónde estás? ¿Por qué eres? ¿Qué propones que soy? ¿Cuándo sueñas?

Más allá de tu intención - que aún presumiré como mía - es la primera vez que rescato de este océano de incógnitas la que ahora nos expongo: ¿Debería, acaso, corresponderte?  ¿Debería desbaratar el dogma de tus modos, para tratar de advertir si acaso es que expiamos diferentes conciencias en un mismo rincón nocturno?

Pienso que esto no es más que un sutil y prudente paso hacia la locura. Pero se me escapa - en el sentido más literal posible - en qué lugar nos coloca eso.

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jueves, 23 de noviembre de 2017

Doug


A Doug se le conoce como el Opaco.

En el reino de Ölmathz, a la edad de 11 años, todos los infantes son llevados a la Caverna de Mugratz. Montaña adentro, tras un leve descenso, se alcanza una amplia sala de bóveda natural. Por uno de sus extremos se cuela una intensa luz de matiz violáceo. El haz proyecta una sombra con propiedades únicas tras la persona que se coloca bajo su foco.

La llamada Sombra Gloriosa no guarda una escala lógica. No se mueve acorde al sujeto. Puede incluso proyectar personas u objetos que no están en la estancia. No es presente, no es futuro. No es deseo, ni esperanza. Es esencia. Es potencial. La Sombra muestra lo mejor de aquello en lo que puedes llegar a convertirte. Con dedicación, con talento innato, con decisiones. Entiende al sujeto, entiende al mundo, o más bien lo entiende de una forma que los mortales no podemos comprender.

La Sombra es meramente una sombra, en general difícil de interpretar para un observador externo. Por ejemplo, si el iluminado tiene potencial para convertirse en un guerrero formidable, en la gruta se proyectarán escenas de guerra. Quizá el sujeto derribando enemigos, o realizando complejas coreografías de espada. En cambio, si el iluminado tiene el potencial de convertirse en erudito, quizá la proyección sea una silueta inclinada sobre un escritorio, a todas luces insuficiente para hacerse una idea de la naturaleza de su posible trabajo. Sólo el iluminado comprende la verdad en la Sombra, en una dimensión más allá de la propia razón. La Sombra Gloriosa no inventa, no añade ni especula. Sólo ve, sólo cuenta. Las proyecciones no son ajenas al iluminado porque, de alguna forma, forman parte de él. Por ello, al contemplarlas, el sujeto no experimenta una sensación de revelación, sino algo parecido a recuperar un recuerdo. Las oscuras siluetas resuenan con su esencia y, a pesar de ser incomprensibles para otros, arrojan una certeza cristalina en el alma de quien se encuentra bajo el haz.

El secreto de la hegemonía tan duradera de los ölmer reside sin duda en su cultura del esfuerzo. Todo individuo que no persigue una meta con voluntad férrea es en general repudiado en sociedad. Se tolera el error, pero no el abandono o la desidia. Hay un doble motivo para enfrentar a los infantes a la Sombra Gloriosa. Por un lado, se busca dirigir sus pasos hacia ese brillante objetivo que podría hacer progresar Ölmathz. Por otro, se pretende cultivar desde una edad temprana su motivación para conseguirlo, inculcándoles que todo ölmer puede alcanzar un futuro glorioso. No obstante, a pesar que la ceremonia es pública y motivo de celebración, dada la difícil interpretación de las siluetas, se desconoce si esto es realmente cierto. Los ölmer no preguntan por la verdad en la Sombra al iluminado, a no ser que este decida voluntariamente compartirla. Y tal revelación no es común, ni siquiera en los círculos más íntimos. Si algún ölmer se ha visto a sí mismo como un fracasado irremediable, desde luego no lo ha contado. Pero existen ölmers fracasados. En general emigran, pues además de ser tratados como parias huyen del fantasma de sus propias expectativas.

Cuando Doug, el Opaco, se enfrentó a la Sombra Gloriosa a la edad de 11 años, ocurrió algo de lo que no se conocen procedentes. En lugar de dirigir su vista a la Sombra, Doug se quedó contemplando de frente el haz de luz. Tras él, su silueta se dibujó en la pared opuesta a la grieta. Se trataba de la sombra de un niño, inmóvil, de tamaño y pose acordes a la criatura que la proyectaba. Cuando Doug decidió darse la vuelta, su sombra hizo lo propio, como cualquier sombra procedente de un vulgar candelabro. El niño caminó sin prisa hacia el fondo de la caverna, acercándose a su silueta. Al alcanzar la pared, alzó su mano y la posó sobre la de su contraparte, que imitó a la perfección su gesto. Tras unos instantes en esta postura, Doug abandonó el foco de luz, con unos pasos seguros que resonaban entre el silencio tenso de todos los presentes.

Si bien el escepticismo y los rumores han rodeado a Doug desde entonces, nadie ha encontrado buenos motivos para considerar al Opaco un sujeto desconfiable. Comandante del ejército de Ölmathz y consejero en la corte del Rey Banthas a la edad de 24 años, podría incluso decirse que Doug encarna los ideales ölmer de esfuerzo y consecuente éxito.

Estamos muy lejos de comprender cómo funciona la Sombra Gloriosa. Lo que parece claro es que la gruta en sí no tiene nada de especial, sino que es esa luz violácea, sea lo que sea lo que la genera, la que proyecta la Sombra Gloriosa. En el proceso, la luz atraviesa literalmente el cuerpo de la persona y se refracta formando esas imágenes. Es por ello que a Doug le conocen como el Opaco. Los sabios, a falta de una explicación mejor, defienden en general que hay algo en Doug que no permite que esa luz lo atraviese, y por tanto se produce una sombra corriente.

Si me preguntas a mí, te digo que se equivocan. Si sólo fuese una cuestión de “opacidad”, aquel niño hubiera estado tan sorprendido como todos los que allí estábamos. Doug siempre tuvo algo en la mirada… o quizá siempre le faltó algo en la mirada. Creo que la ceremonia de sus 11 años funcionó igual de bien que con cualquier otro maldito crío. Y ahí está el problema. Creo que aquel día todos vimos la Sombra Gloriosa de Doug. Porque de algún modo, cuando le tengo cerca, cuando le miro a los ojos… siento que es una sombra lo que me devuelve la mirada.


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viernes, 30 de junio de 2017

Veneno


Antes de leer esta entrada conviene tener un "cómo" y un "por qué".

Cómo
El texto está pensado para ser leído a la vez que se escucha una música, de lo contrario se pierde la mitad del mensaje. La entrada comienza bajo el vídeo. Pulsa el botón de reproducir justo antes de empezar a leer.

Por qué
Wherynn, desde su blog Towards the truth, lleva tiempo creando historias que se entremezclan con música de fondo. A mí y a otros personas nos ha propuesto que escuchemos todos la misma canción y escribamos aquello que la música nos sugiera. La canción en este caso está compuesta por Caleb Hennesy, que comparte sus obras en su canal de YouTube. El resultado de Wherynn ha sido Stand my ground. Ella escribe de forma que los giros de la música se sincronizan con los giros en su historia. Yo me he limitado a dejarme llevar. Realmente, tengo curiosidad por ver qué podría salir si distintas personas con distintos estilos (o desde distintos géneros) se enganchan a esta especie de reto de poner palabras a una misma melodía. Con que invito a intentarlo a todo el que tenga ganas de escribir y comparta esa curiosidad  =)




Con el primer sorbo percibo el veneno imbuyendo mis venas de petróleo. Noto como los ecos de la gruta mueren al contacto con mi piel, ocultándome así de sus ciegos moradores. Las cuencas de mis ojos, anegadas de lágrimas sin tiempo, anochecen inexorables hasta quedar camufladas en un abismo de infinitos. Una a una, las sombras se exilian de la raíz de mi pelo, formando a mi alrededor una vacía comitiva. Avanzamos juntos sin rumbo, o quizá nos quedamos quietos, mientras la gruta navega inane a nuestros pies. La corriente del azar arrastra hasta mis dedos pétreos una daga, cuyo filo de éter parece derretirse en un incesante goteo de olvido corroído. La hundo en mi pecho a tiempo. Comienzo a sentir un magnetismo ajeno que nace de su filo y se apodera de mi alma. Brotan hebras de susurros que enraízan en mi carne, que discurren por mis sienes, como un cauce inefable de respuestas negadas. Se diluye la frontera entre mi cuerpo y el basalto, subyugados sus músculos yermos a la voluntad de nadie. Poco a poco, el veneno precipita por mis poros y se desliza hacia su frasco de pergamino. Consumo mi último calor en fundir un lacre robado que sella el líquido en su esencia, aislado y guarecido del ébano de mi sangre. Será mi ofrenda pagana a los dioses que quieran tomarla. Será la prueba ignota de todo anhelo no nato. Será veneno, al fin y al cabo, para quien aún se conserve vivo.


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viernes, 10 de febrero de 2017

Mis guantes



El chico esbelto del ático aguardaba en el ascensor. Tras cuatro pisos comenzó a hablar del tiempo. Su voz ausente propagaba madera astillada por la espalda. Dijo que le gustaban mis guantes. Cuando quise mirar mis manos desnudas oí un golpe acolchado. Él se agachó a coger algo. Traté de pulsar el botón de abrir la puerta, pero sólo logré ensangrentar el panel con mi cúbito impotente.


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Microrrelato seleccionado para publicar en la antología: III Concurso de microrrelatos de terror "Microterrores"

Entidad organizadora: Diversidad literaria


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sábado, 26 de abril de 2014

Instrucciones para volar


Ven conmigo, aquí dentro. Eso sí, asegúrate de no haber llovido, de no tener humedad encima. Ese tipo de agua se pega con fuerza a la piel, y es muy hábil haciéndote enfermar si se te seca encima.

Sólo túmbate, a mi lado, aquí dentro. Es buena idea que nos apoyemos en una pared. Para lograr esto que estamos intentando, hay que tener perspectiva y las paredes, a veces, sirven para darte perspectiva. Recortan el universo. Apoyado en una pared puedes observar todo cuanto te rodea, porque detrás tuyo, donde no deberías tener ojos, la pared se asegura de que no haya nada salvo ella misma.

Ahora que estamos tumbados y apoyados, mira el techo. He escogido este lugar porque parece que el techo está hecho de baldosas luminosas y, para tu debut de vuelo, seguramente sea lo más sencillo. Así es como aprendí yo. Casi sin querer, tu espalda se irá olvidando, con muy buen criterio, de que algo la sostiene. Es entonces cuando estarás flotando. Contemplarás tus pies alzados sobre un candente y lejano suelo de baldosas. Notarás como la gravedad deja de ser una fuerza inapelable, para transformarse en un intenso hormigueo dentro de tu pecho. Eso es lo que ocurre cuando consigues hacer añicos aquellas verdades engañosas que tenías por dogma. Cosas tan absurdas como que no se puede volar.

Puedo darte la mano, si quieres. Pero creo que es mejor que me la des tú cuando ya estés volando. Si te la doy antes, temo que llegues a la conclusión equivocada de que he sido yo quien te ha levantado, cuando eres muy capaz de hacerlo por tus medios. Si cuando estés arriba sientes el cielo demasiado amplio para explorarlo en soledad, estaré encantado de ir contigo. A mí me pasa. Por eso estoy aquí. Me gusta volar, pero más me gusta que me acompañes.


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viernes, 22 de noviembre de 2013

¡Tráela!


­Era una de esas ocasiones en las que sólo eres consciente de tus errores cuando el mundo que dejas a tu espalda deja de existir. Cuando las miradas cálidas y cómplices, la sincronía infinita, el átomo perfecto, implosionan en silencio, dejando una líquida nuca como inerte carcasa.

Me negué a dirigir la vista a la fatídica escena que se revelaba ante mí, consciente como era de que su densa gravedad trataba incansable de devorar cualquier indicio de esperanza, con la eficacia que sólo los tejidos oníricos te permiten alcanzar. Y me grité. ¿Qué otra cosa podía hacerme? Me grité desgañitadamente en una sala en la que sólo yo me escuchaba, en apariencia impertérrito, desde el otro lado. A medida que mi voz comenzó a resultar atronadora, las paredes y el techo, empáticos con mi desesperado reclamo, se estrecharon tratando de reflejar el sonido más rápidamente. La intimidad que nos rodeaba sucumbió con la paulatina y discreta aparición de anónimas siluetas que, impasibles, dirigían su mirada gélida hacia el cada vez más próximo extremo opuesto de la sala, donde yo parecía empeñado en fingir que no me estaba escuchando.

Llegado el punto en que el clamor se hizo casi insoportable, hice un gesto con el hombro con una cínica pose de indiferente concesión, señalando una puerta a mi derecha. De aquel hueco surgió un recuerdo de incontestable belleza y maquiavélica similitud con mi mitad perdida. Trató de atraerme y transportarme con explícito deseo, pero su mueca resultaba grotesca, y el hecho de que existiese un reflejo en el plano real ridículamente obvio. Me quedé observando mientras desaparecía, sin perderme de vista, y con una absurda expresión que parecía denotar confianza ciega en que seguiría sus pasos. Ella no tenía la culpa de estar allí. Pero alguien era culpable de haberla traído. Cuando desapareció por completo me volví hacia mí, conectado con las mismísimas entrañas de la tierra, para desparramar con volcánica furia los más cavernosos y lacerantes aullidos jamás emitidos por ser alguno.

Sonó una metálica bocina que me hizo levantarme y abrir los ojos en un lugar de largo menos prometedor y más despiadado.  No estaba dispuesto a darme por vencido, con que ignoré la bocina y cerré los ojos con letal decisión.

De inmediato volví a encontrarme con aquella sala de imparciales testigos, conmigo disertando monótonamente en el extremo opuesto. Con inabarcable arrojo hice acopio de todos los elementos que podía controlar y los moldeé para dispararlos en forma de vocablo inteligible contra mi contraparte, arquitecto y director de aquella burla:

 -       -      ¡¡¡¡TRÁELAAAA!!!!

Se hizo por un momento un silencio en el que todos, presentes y no presentes, se volvieron hacia mi combativo yo, expectantes. En esta ocasión descompuse mi fachada indiferente para dirigirme una mirada de colérico odio, desquiciado como estaba por el boicot continuado al que estaba sometiendo el plan. Pero, esta vez sí, me concedí mi petición. Más o menos.

Allí estaba ella, al fin,  pero unos 10 años más joven de lo que debiera. Pequeña, esmirriada, de nariz desproporcionada, cuidadosamente cubierta de acné y con unos preciosos ojos que delataban que te hallabas frente a un ser desgarradoramente único. Estaba llorando, naturalmente; la había asustado. Cuando cesó su llanto (pronto, antes de que me diese siquiera tiempo a decidir cómo consolarla), me acerqué, entre temeroso y arrepentido, y le pregunté:

-        -      ¿Te doy miedo?

Ella, con brillante inocencia, sonrió y contestó que no. Ajena por completo a mi presencia, se fue a jugar con alguien, o con algo.... no estoy seguro en realidad. Desde luego, no era eso lo que estaba esperando. Pero me permitió saber que en lo más profundo de aquel ambiguo y descontrolado plano había un lugar en el que su identidad se conservaba intacta… y, por tanto, existía esperanza de traerla de vuelta por completo. Observé como, en el otro extremo, había recompuesto mi expresión pétrea. Supe, no obstante, que era consciente de mi  victoria. Y supe, además, que era lo máximo que conseguiría en aquella ocasión… con que me di la vuelta y salí de la estancia.

Me encontré en un centro comercial en el que una especie de apisonadoras fregaban el suelo de forma automática. Y yo me empeñaba en subir las escaleras mecánicas caminando hacia atrás.  Y no me importó lo más mínimo. Y abrí los ojos. Y me di una ducha.