La primera vez que me alcanzó esa tormenta,
recuerdo esgrimir un ingenuo
paraguas de camino al trabajo.
Lo cierto es que el día está horrendo,
lo que facilita concentrarse. Hoy debería
nadar en su torrente de gotas
como agujas candentes, en un mosaico
de rubor melifluo. Cuando partió
la nube, ¿o acaso es polución?
La confundo con niebla a veces,
sentado en mi puesto, donde
quise atraparla, virando
en mi barco de papel
rumbo al puerto que solo
la memoria alcanza. Mas mi viento
agita las persianas,
que están automatizadas
con un sensor que las mueve
en función de la altura del Sol, y ahora,
calado de la misma hiedra,
me busco en la tromba arco iris,
en los surcos que traza en la roca
la cafetera, que de no ser por ella
no habría mañana frágil,
pero eterno en los ahoras
de la vista al frente
y la piel permeable.
