No acierto a reconocer como nuestra la región de mis anhelos que orquestas y personificas. Te adivino propia en lo más profundo, cierto y oscuro de los pozos tan dispares en que nos hemos deslizado, pero ajena en el diálogo - exiguo pero repleto - con el que eliges alcanzarme.
No deseo ni soy capaz de rechazarte cuando escoges que te acepte. Cultivas y sacias efímeramente una sed de la que soy perenne consciente. Me abandono, sin fisuras o pliegues, a exprimir cada segundo compartido, incluso obviando - inusualmente - la certeza de tu fugacidad irremediable. La añoranza no tiene cabida. Las preguntas vendrán más tarde. Las preguntas vendrán ahora. ¿Dónde estás? ¿Por qué eres? ¿Qué propones que soy? ¿Cuándo sueñas?
Más allá de tu intención - que aún presumiré como mía - es la primera vez que rescato de este océano de incógnitas la que ahora nos expongo: ¿Debería, acaso, corresponderte? ¿Debería desbaratar el dogma de tus modos, para tratar de advertir si acaso es que expiamos diferentes conciencias en un mismo rincón nocturno?
Pienso que esto no es más que un sutil y prudente paso hacia la locura. Pero se me escapa - en el sentido más literal posible - en qué lugar nos coloca eso.









