You better watch out
when the bonfire of candles
is lighted up.
You better watch out
when the hurricane of whistles
crash your walls,
blow your clothes
to the last piece of truth,
and topple every smoke
pretending to be a cloud.
You better watch out
when the many woolless sheeps,
tied in their blood,
bite at once
the wolves without hideout.
Wherynn y yo hemos escogido una canción y una palabra: la banda sonora de Il postinoy la palabra "horizontes". Y hemos propuesto a conocidos nuestros crear algo con lo que sea que le sugiera esta pareja de elementos. Una reflexión, un poema, una historia, una pintura, otra canción... cualquier cosa. Unicamente por el gusto de hacerlo y por la curiosidad de comprobar qué han hecho otras personas sobre la misma base.
Lanzamos esto hace unas tres semanas y aquí os dejo lo que recibimos hasta ahora. Sé que hay personas que han empezado algo, que puede que llegue a terminarse o puede que no. Si llegan cosas nuevas, editaré esta entrada con ellas. Esto es también una invitación abierta a cualquiera que lea este texto y le apetezca subirse al carro =) Incluiré en la entrada cualquier contenido nuevo, llegue cuando llegue.
A continuación os dejo la canción mencionada. Puesto que todos la hemos utilizado, os aconsejo que estéis escuchándola mientras leéis las distintas piezas =)
Un lienzo en blanco en una villa frente al mar. El pintor coge su
paleta y todo comienza a fluir. Los primeros colores convierten el
monocromatismo blanco en el inicio de una obra de arte. El sonido de las
gaviotas, los barcos que arriban a puerto y la risa de los niños que
juegan en la plaza es la banda sonora de aquel día, tan pintoresco como
el anterior. Es verano, la brisa marina humedece el cuadro que va
cobrando vida bajo los ágiles dedos del artista. La mirada perdida en el
horizonte, plasmando cuanto sus ojos ven. Las tonalidades turquesa y
aguamarina conforman un mar en calma. La espuma de las olas llega hasta
la cala, rodeada de rocas grisáceas que reflejan el sol. Cubriendo
parcialmente el espectacular océano que refleja el cielo despejado
aparecen unas flores rosas, carmesí, blancas, azules, púrpura y
amarillas que poco a poco convierten la parte más cercana del cuadro en
una terraza. Un tiesto, una bicicleta cuya cesta está repleta de flores y
un bizcocho completan la escena. Una merienda estival. El artista
sonríe mientras su esposa le tiende una taza de té y se abrazan
contemplando el horizonte mientras cae la noche despejada y estrellada.
Pilar Álvarez
— (Sin título) —
Era una nube negra, negra oscura. No como la sombra del ciprés atormentado por un viento gélido de Luna. Era negra, negra pura. Era un devenir de proyectos inconclusos, de barreras cerradas, de tristezas, de dudas. De golpes fuertes y coágulos oscuros bajo la piel desnuda. Era la suma de los negros, negra oscura. Era un vacío lleno de añoranzas, de ausencias palpables. Era una soledad obtusa.
Jesús Burgos Lobo
— Años hemos navegado —
Años hemos navegado,
tantos mares, tantos puertos,
otrora tan inexpertos,
solo un boli y un papel.
Rimas, versos, indagamos,
otras pieles, mismos sueños,
de horizontes fuimos dueños,
como torre de Babel.
Y los días que han pasado,
iluminan nuestras velas,
los poemas, centinelas
que hacen guardia en el bajel.
¡Y que crujan las cuadernas
por los años navegados!
Siempre fuimos bien guiados,
corazón: el timonel.
Y los días que quemamos...
¡Que hagan mutis por el foro!
Y yo jamás me demoro
en batalla dar cuartel.
Y que crujan ya las plumas,
que me hacen sentir vivo,
de soñar nunca me privo,
son mis presas oropel.
Años hemos navegado…
¡Años hemos navegado
con clamor que ruge al viento!
Feliz soy, feliz me siento,
mi pasión nunca he negado.
Escribimos a las musas,
y cañones respondieron,
libertad siempre nos dieron,
nunca pusimos escusas.
¿Horizontes a la vista?
De horizontes he llegado,
no me voy de ningún lado
sin antes pasar revista.
Años hemos navegado…
Mares, puertos, otros mares…
Años hemos navegado… casi… casi una vida,
y cuando el mar pida tributo,
cuando el mar lo suyo pida…
poemas, versos a raudales,
anécdotas de unos sabios,
que sin saber muy bien a dónde,
siempre,
siempre navegaban al horizonte.
Aida Asgaya
— Horizonte —
Me invade un sentimiento extraño, siempre el mismo sentimiento, siempre en el mismo momento, siempre en la fila del andén para subir al bus que se dirige hacia mi destino.
Estoy quieta, no quiero romper ni el aire con mis movimientos, siempre lo rompo.
Miro a mis acompañantes anónimos, una madre con su hija encabezan la fila. La niña está leyendo un cuento, uno de esos cuentos que todos nos sabemos y aún así seguimos leyendo, mi boca se retuerce en una mueca de disconformidad. Nunca me han gustado las historias donde el final esperado desde el inicio resulta el verdadero. ¿Por qué? Me gusta el caos, el caos y la libertad, cuando leo y escribo otro final quiero rendir tributo a la inseguridad… Es como estar al borde de un acantilado y vivir los segundos antes de despeñarse, mucho mejor que el vivir feliz para siempre.
Tengo la sensación de que la madre estaría de acuerdo conmigo. Seguramente ella nunca fue (ni será) egoísta, eso es conducta de hombres, ella cuida de su hija, ella empuña un escudo de madera para enfrentarse a llamas de fuego de varios infiernos de varias décadas y de varios lugares, lo más duro de todo está por llegar… Ella debe enfrentarse al final del cuento que lee su hija y que ella conoce de memoria. Mientras tanto, esperan en la fila.
Los siguientes son un grupo de jóvenes amigos, hablan todos a la vez así que solo ellos se entienden. Una casa, un trabajo, un coche y si da tiempo amistad, según crecemos creo que nos equivocamos enormemente a la hora de priorizar. El hogar son personas, ellos aún no saben que irán de la casa al trabajo sin conocer la tienda de la esquina del barrio, donde trabajará su amigo de antaño. Mientras tanto, esperan en la fila.
El autobús se prepara parece que llega la hora, tendría que ir corriendo en vez de en autobús, mejor, corriendo y saltando que se disparase la adrenalina por mis venas, no parar la carrera, correr hasta el final. ¿Final? ¿Qué final? Si allí no había final.
Viví tan intensamente esa fantasía, que el conductor me tuvo que llamar la atención tres veces preguntándome si era mi autobús y si me ayudaba con la maleta, mis acompañantes anónimos ya habían subido. Quizás sí que se me había disparado la adrenalina porque hice algo que las otras veces no había hecho, respondí sí.
Subí sin saber que subía. A veces nos olvidamos de pensar y de sentir todo lo que hay a nuestro alrededor, a veces... El sol me ciega, el motor suena, sonrío, parece un nuevo horizonte porque lo que no os he dicho es que no conozco la parada de destino.
Paloma Fernández
— (Sin título) —
Una pareja baila. La música sigue sonando. Ella le mira y se sabe bella. Él se siente capaz de saltar, o no. En la escuela, en el libro de tapas duras no explicaban el lenguaje de los ojos. El niño pícaro los mira. La madre finge escuchar, pero solo oye los susurros que su hija le oculta. La espera fingiendo escuchar. El reloj corre y con su velocidad angustia a la hija y alivia a la madre. La gente habla por no callar. Ríen, bailan, beben. Es agosto. La noche es cálida. El pueblo vacío y silencioso observa la romería. No lo saben. Los habitantes del baile no lo saben. No saben qué es el horizonte. Nunca han escrito esa palabra. No saben que lleva h. Nunca han pensado en su z ni en quién compuso la música que les acompaña. No saben que un día, el horizonte será otro vacío y solo… pero ellos sí saben destilar un momento de felicidad. La música ha dejado de sonar.
Julia Irene González
— (Sin título) —
Era un día criador en el que se podía ver crecer la hierba. Bernardo se limpió las gotas de sudor que perlaban su frente cuando llegó al alto de la finca. El sol estaba picón y el bochorno y las nubes presagiaban una gran tormenta, pero las vacas, los xatos y el toro pacían tranquilos. Todo estaba en orden. Bernardo dejó caer la vara y se sentó entre sus animales, oteando el negro horizonte recortado entre los picos de las montañas. Una luz rojiza teñía levemente los bordes de las torres, que avanzaban lentas pero inexorables. Bernardo se levantó y recogió la vara para emprender el camino de vuelta a casa, no sin antes tomar una foto del espectáculo meteorologico para poder compartirlo con su familia. Abrió el chat para enviar la imagen y sonrió complacido al leer de nuevo los mensajes de esa mañana. Llevaba muchos días sin sentirse tan feliz.
"MAÑANA ARRANCAMOS PARA ALLÁ💃💃💪💪
Sonrió de oreja a oreja mientras enviaba la imagen con un apunte.
"COMO SE NOTA QUE VENÍS MAÑANA. YA VERÉIS COMO EL TIEMPO NO NOS DEJA TRABAJAR🤣🤣"
El primer estruendo le llegó muy lejano. Guardó el móvil y apuró el paso para que el agua no lo pillara. El horizonte no podía ser más negro y Bernardo no podía estar más feliz.
Licaón
— Permanece —
Se han detenido las fábricas
de nubes. Nunca los ojos
supieron tan lejos, ni hallaron
tan parados
el saludo de algún verano.
Los veo esconderse entre párpados
y horizontes inmóviles,
ajenos a los dientes
de león, al aire
que los nombra y aconseja.
Aletean algunos colmados
de ingravidez ingénua
del otro lado de la puerta,
donde aguarda
el aroma
imborrable de lo bisoño.
Supongo que no ayudan los barcos
varados,
pero la mar permanece
— con su palabra insistente —
tan suya y al alcance
de nuestro tiempo.
Gadía
— Horizontes —
Pueden hablar de horizonte
y yo vislumbrar ninguno,
porque horizonte es presente,
pero también es futuro.
Puede ser aquel paisaje
que se forma al fusionar
el final azul del cielo
y el transparente del mar.
O pueden ser esos planes
con que pretendes crear
el mañana que imaginas
y que quieres alcanzar.
Si me refiero al paisaje,
casi siempre estará ahí.
Si me refiero al futuro,
ese aún está por venir.
Y teniendo en cuenta esto,
me dispongo ya a explicar,
porque no veo futuro,
aún sin dejar de mirar.
Me mudé hace dos meses
a una nueva ciudad,
buscando playa, buen clima,
y un nuevo comenzar.
Dejé atrás mi provincia,
y la dejé sin dudar:
allí yo estaba estancada
y no lograba avanzar.
Me marché con ilusiones
como poder trabajar,
ponerme a prueba a mí misma
y terminar de estudiar.
Pero no contaba yo
(supongo nadie lo hacía),
con que el coronavirus
nos iba a cambiar la vida
Se cerraron mil y un tiendas,
nos confinaron en casa.
El comenzar sí que es nuevo,
aunque no lo que esperaba.
Mi edificio tiene un ático.
A veces subo a pensar.
Y desde allí veo El Teide,
veo el cielo y veo el mar.
Veo claro ese horizonte,
sin mucho esfuerzo al mirar;
entrecerrados los ojos,
sintiendo el viento soplar.
Que no pueda ver el otro,
significa que no está…
O que aún no está creado,
pero se podría crear.
Pues como dijo Machado:
se hace camino al andar.
Tal vez también, paso a paso,
vea ese horizonte asomar.
David Sanchez
— De murallas y princesas —
“Como cada mañana, como cada noche, me volví a sentar en mi rincón de pensar.
Pensar en disfrutar, muy a mi pesar, me produce malestar...”
– Esto es horrible, no tiene sentido –Dijo Dahlia mientras arrancaba la hoja y la tiraba por encima de su hombro. Suspiró y volvió a levantar la vista.
Desde las murallas del castillo podía observar el sol asomarse por encima de las montañas y bañar poco a poco con su luz el gran valle, una luz que dotaba de vida a todos por igual, campesinos, guardias, animales e incluso los propios árboles.
Todo en las tierras altas parecía abrazar con entusiasmo un nuevo día.
– Ojalá yo abrazara con esa facilidad la inspiración –Volvió a susurrar Dahlia para nadie en particular.
– ¡Mi señora! –Gritó alguien desde abajo –No debería estar sentada ahí con los pies colgando, podría caerse.
Dahlia echó un vistazo al guardia que había abajo, el gran portón al patio estaba abierto y el habitual trasiego de carros ya estaba empezando.
– No se preocupe Daven –la princesa sonrió mientras se inclinaba hacia delante y sujetaba su pelo rojizo para que no le tapara la cara- Una caída de ocho metros es tal vez lo más apasionante que podría pasarme, y con mi suerte, seguro que aterrizaría sobre uno de los carros llenos de forraje para los caballos.
Se encogió de hombros, le mostró una medio sonrisa al guardia y siguió escribiendo. Daven suspiró y volvió a hablar con los campesinos que entraban al patio del castillo.
Dahlia esgrimió durante largos minutos la pluma por encima del papel, amagando escribir las primeras letras de algo que aún no había nacido en su mente.
– ¿Hoy tampoco, princesa? –Dijo Daven desde abajo.
– Hoy tampoco, guardia –Contestó ella resoplando. El anciano guardia le sonrió.
– Paciencia mi señora, la inspiración acabará llegando tarde o temprano. Hasta el peor de los poetas ha tenido un buen momento, y hasta el mejor de los panaderos ha quemado un bollo de pan.
Dalia levantó una ceja, apuntó algo en una nueva hoja y miró debajo de nuevo.
– ¿Dónde has leído eso? Ha sonado bastante bien.
– Me lo he inventado –Contestó él- O tal vez no –Añadió burlón.
– He hablado contigo las suficientes veces para saber que esa es una obra tuya –La princesa hizo una pausa, observó su papel y finalmente preguntó- Dime Daven, ¿qué crees que inspira a un poeta, a un escritor, a un escultor, a crear una obra?
– Esa es una pregunta demasiado compleja, princesa.
– Tal vez sea una pregunta demasiado compleja con una respuesta demasiado simple, Daven –Dahlia señaló con la pluma al hombre- Pero en realidad los adultos adoráis hacer respuestas complejas a preguntas simples.
El guardia soltó una carcajada.
– ¿No cree que hay inspiración en todo? Desde el pastor que cuida de sus ovejas, a la poetisa que peina cada noche los cabellos de la luna con sus palabras. Todos comparten algo en común, y es algo tan simple como difícil de explicar.
Dahlia se quedó en silencio, añadió algo más a su hoja y miró a las montañas.
– Desde que Enna se fue, subo aquí y contemplo lo mismo que ella contemplaba, escribo donde ella escribía. Sin embargo, lo que escribo sigue siendo un desastre.
– ¿Usted cree que el pastor se inspira con la misma luna que la poetisa? –Dijo el anciano guardia mientras negaba con la cabeza – El pastor teme la noche, pues los lobos pueden llevarse a sus ovejas. Y la poetisa odia el día, pues el trasiego y el ruido la desconcentran. Enna vio algo ahí donde está, usted puede que no vea nada. Los caminos de otros no son nuestros caminos, y los amantes que siguen un mismo camino, es porque en algún momento se encontraron en un cruce –Se giró y señaló las grandes montañas- Yo veo un límite allí, otros ven una meta.
Volvió a mirar a la Dahlia.
– ¿Qué ve usted en el horizonte, princesa? –Dijo antes de darse la vuelta y seguir con sus labores.
Dahlia pasó la mirada del guardia a las montañas y se quedó reflexionando durante un largo rato. Pasó la mirada por todo el valle observando a cada mujer, hombre, niño, animal, y detalle del gran paisaje. Luego volvió a mirar a las montañas.
– No veo una princesa -Tras varios minutos, arrancó la hoja y empezó a escribir.
“Tal vez el terreno nunca tuvo la culpa de hacerme resbalar, si no que fui yo la que se obligó a caminar. Tal vez las palabras más simples son las respuestas a las preguntas más complejas. Tal vez la aventura está en el lugar del que te alejas, y las grandes historias de otros solo sean un paraíso con rejas. ¿Por qué debo caminar con firmeza sobre un terreno que ha recorrido otro? Si cada montaña puede ser un nuevo lugar desde el que ver la mañana, Si un reproche es lo único que me separa de la mejor noche, ¿Y si el sol y la luna simplemente se persiguen como dos amantes locos que nunca han mirado atrás? Puentes de madera sobre ríos de barro y piedra rugosa bajo terreno nevado. Tal vez yo quiera caminar, caer y pavimentar mi propio día Tal vez yo desee explorar, descubrir y malcriar mi propia noche” Dahlia levantó los ojos, observó las montañas, después a Daven y finalmente su papel. “Tal vez cada horizonte solo sea un nuevo lugar desde donde soñar, cada persona un lugar desde donde saltar. Y cada paso en el camino, un momento para recordar”
Siempre elegiste mantenerte efímera frente a la bella quietud inmortal. Siempre sonreíste el árbol que así te lo pidió. Siempre tuviste esa ruedecilla para modular el volumen de tus huellas, ligeras en un bosque de otoño, con eco entre la ausencia contagiosa. Siempre parecieron tus miradas mojadas. Como si quisieses que te abrazase con una toalla. Como si pudieses manar un estanque de peces y tuviésemos branquias. Siempre supiste despoblar cualquier plan de certezas, y rellenar los huecos de ingravidez recóndita, de oxígeno, de moras ácidas de dos colores, de juguetes de madera, de carne y hueso, de savia y silencio, de poesía y prosa. Siempre oliste a mar, hasta para mis narices cortas de miras. Siempre estuviste desnuda. Siempre supiste desvestirme.
Siempre te compuse todos mis acrósticos. Deberías haberte llamado Paula. Siempre te alejas como llegaste, galopando, con tu irrealidad impertinente.
Ahora bien, ¿Qué hace un tan deprorable Jaime Messacotta en pleno mercado, inconsciente frente a unas truchas nada frescas, y a punto de someterse a la humillación de su vida? Lo cierto es que poco o nada tiene que ver con el torpe de sir Jaime. Aster y Jane, junto con Folkha, Gastón y Barb “Canijas”, conforman el núcleo duro de la tripulación de “El Rojo”. Cara al público, Aster es lo más
parecido a un capitán, pero internamente el grupo funciona como una familia.
Una auténtica jauría de canes callejeros: salvajes, feroces, hambrientos y
leales entre sí. El resto de tripulantes de El Rojo acatan las órdenes de los cinco por igual.
Los caminos de Alisa y Aster, y por ende los de Alisa y El
Rojo, habían comenzado a entrelazarse tiempo atrás. Antes de adquirir su barco,
Aster ya era todo un buscavidas con solera. Durante algún tiempo consiguió ser
empleado en la Corte del por entonces Rey Gregor, donde también vivía la por
entonces Princesa Alisa. Aunque no estaba exento de otras tareas de forma
ocasional, la función principal de Aster consistía en el mantenimiento de los
jardines. “Jardines” era la palabra que gustaban de utilizar en Palacio para referirse
a un vasta extensión que abarcaba diferentes parques de flores
silvestres y árboles exóticos, claros, estanques, laberintos de setos contiguos
al principal edificio del complejo e incluso un pequeño bosque para organizar partidas
de caza privadas, donde se soltaban animales para tales ocasiones. El mantenimiento
de tamaña extensión requería numerosa mano de obra.
La paga era mísera, pero el trabajo estable, seguro y
llevadero. Para cualquier persona sin más aspiración que la de sobrevivir (es
decir, para casi cualquier persona en el reino), aquella posición sería idílica.
Pero a Aster todo aquello le importaba un bledo. No se había introducido en
Palacio para cebar pececitos de un estanque por medio real a la semana, sino
para tantear el terreno. Aster pretendía observar de cerca a los nobles, con sus
idas y venidas, y cazar los chismes jugosos cerca de su fuente original,
pues la versión que llega a las tabernas se encuentra a menudo demasiado
desvirtuada. Todo ello en aras de recabar información para orquestar algún
golpe notorio. Las acontecimientos, sin embargo, no transcurrieron como Aster
los había planeado. Si no mucho mejor.
La princesa Alisa, que de aquella contaba con 17 veranos,
era mucho más precoz, en muchos aspectos, de lo que la mayoría de la Corte
suponía. Consciente del delicado estado de salud de su padre y de su posición
como futura heredera, pues era la única descendiente viva del rey Gregor, había
comenzado a mover – con éxito – ciertos hilos a su favor. Alisa tenía sus propias
ideas y ambiciones, y cualquier parecido entre sus planes y los que Gregor y su
Esposa Eseida tenían para ella era fruto de la casualidad. Más al contrario,
Alisa había sido capaz de influir a sus padres en determinadas decisiones,
siempre bajo una máscara de moderado entendimiento e inocencia de lo más inofensiva.
Ejemplo de esto había sido el acuerdo de su futuro enlace con sir Jaime
Messacotta. Gregor y Eseida consideraban otros candidatos antes que a sir
Jaime, pero mediante certeros comentarios y movimientos indirectos, tales como
la difusión de rumores, el resto de nombres de la lista habían ido cayendo
uno tras otro.
Desde el punto de vista de Alisa, sir Jaime era lo
suficientemente rico e influyente. No el más rico e influyente de entre los
posibles, pero a su favor tenía que también era lo suficientemente idiota como
para hacer de él un pandero. Al menos mientras se hiciese la loca con sus
vicios, para lo cual estos deberían permanecer en moderado secreto. Sir Jaime
incluso gozaba de aceptación entre el populacho debido a ciertos méritos
bélicos. Alisa tenía claro que dichos méritos eran exagerados o completamente
inventados, pero eso no era lo importante. Dicha fama podría resultar útil en
según qué momentos.
Las intrigas de Alisa no se limitaban a fortalecer
posiciones en enlaces o el resto de maquinaciones del aristócrata promedio. Era
una autentica gestora, con una mente analítica y una capacidad para mentir muy
fuera de lo común. A tan temprana edad y desde un discreto segundo plano, había
conseguido tejer una red de contactos con personajes clave más allá de nombres y
títulos nobiliarios. Capitanes y hombres respetados en las filas de la guardia.
Mercaderes de Ábalos. Incluso algunos dueños de burdeles en la propia Bantía, previendo
los devenires de su futuro matrimonio. En ocasiones era ella misma quien se
encontraba con esas personalidades, aunque la mayoría de las veces delegaba en personas
de su muy reducido circulo de confianza. Personas que tenían la lengua menos
atada para según que conversaciones, y que además no tenían por qué hablar en
su nombre, si no que podían adoptar un rol más gris y conspiranoico si la
situación lo requería.
Los miembros del circulo de confianza no habían sido
escogidos únicamente por una llana cuestión de confianza, ni mucho menos por su
lealtad a la Corona. Alisa se ocupaba de mantener con cada uno de ellos una
serie de suculentos intereses alineados, o al menos compatibles, con los suyos
propios. Lo cierto es que Aster pensaba que si Alisa se hubiese criado en la
calle hubiese sido una ratera de primerísima. Astuta e implacable. La propia
Alisa tenía una idea muy similar sobre sus habilidades. Pero no se había criado
en la calle. Y hay determinadas lecciones, grabadas a fuego hasta en los huesos de
alguien como Aster, imposibles de adquirir desde una posición acomodada. La idea que tenía de sí misma era la debilidad más notable de la ahora Reina Alisa. Y Aster, y
por ende todos en El Rojo, lo sabían perfectamente.
De entre todas las precocidades de Alisa, su apetito sexual
no era una excepción. A pesar de su discreción…