El problema es la costumbre.
Parasita el rasero alicaído,
lo embriaga de callo y costra,
azuza su punto de fusión y lo sumerge
en el centro de la Tierra.
Es la descarga que condena
a los miembros despatriados
a identitarse en un ser de promesas,
a observar por un agujero
el tacto de lo negado.
Una mierda, vaya.