sábado, 26 de abril de 2014

Instrucciones para volar


Ven conmigo, aquí dentro. Eso sí, asegúrate de no haber llovido, de no tener humedad encima. Ese tipo de agua se pega con fuerza a la piel, y es muy hábil haciéndote enfermar si se te seca encima.

Sólo túmbate, a mi lado, aquí dentro. Es buena idea que nos apoyemos en una pared. Para lograr esto que estamos intentando, hay que tener perspectiva y las paredes, a veces, sirven para darte perspectiva. Recortan el universo. Apoyado en una pared puedes observar todo cuanto te rodea, porque detrás tuyo, donde no deberías tener ojos, la pared se asegura de que no haya nada salvo ella misma.

Ahora que estamos tumbados y apoyados, mira el techo. He escogido este lugar porque parece que el techo está hecho de baldosas luminosas y, para tu debut de vuelo, seguramente sea lo más sencillo. Así es como aprendí yo. Casi sin querer, tu espalda se irá olvidando, con muy buen criterio, de que algo la sostiene. Es entonces cuando estarás flotando. Contemplarás tus pies alzados sobre un candente y lejano suelo de baldosas. Notarás como la gravedad deja de ser una fuerza inapelable, para transformarse en un intenso hormigueo dentro de tu pecho. Eso es lo que ocurre cuando consigues hacer añicos aquellas verdades engañosas que tenías por dogma. Cosas tan absurdas como que no se puede volar.

Puedo darte la mano, si quieres. Pero creo que es mejor que me la des tú cuando ya estés volando. Si te la doy antes, temo que llegues a la conclusión equivocada de que he sido yo quien te ha levantado, cuando eres muy capaz de hacerlo por tus medios. Si cuando estés arriba sientes el cielo demasiado amplio para explorarlo en soledad, estaré encantado de ir contigo. A mí me pasa. Por eso estoy aquí. Me gusta volar, pero más me gusta que me acompañes.